"Bienvenido compañer@, te invito a ojear entre mis proyectos"
En el bello ensayo de Albert Camus, el autor nos insta en el final del relato a imaginar a Sísifo dichoso.
Solo la primera vez que leí el ensayo, me sentí dichoso al imaginar a Sísifo. De la segunda en adelante, me topé con una tristeza cruda pero aparentemente con un suelo realmente estable: A fin de cuentas, todo es una pose, una manera de ver, o actuar. Camus no solo estaba haciendo el esfuerzo de seguir a esa esperanza, él te pedía acompañarlo en su “imaginar”.
Un autor y una obra encuentran su refugio ante la parálisis al empuñar una pose concreta, particular. En el mejor de los casos es una creación que manosea y sofistica la condición humana para encontrar algo de consuelo, belleza o esperanza. No persigue una verdad, solo se interesa por una utopía. Un mundo donde los hechos ocurren de otra forma menos desgraciada.
Para uno mismo, sentir de esa manera el discurso -cualquier discurso- que uno puede posturar ante cualquier aspecto de la vida, parece destruir el propio camino hacia la verdad. Si eso sucede, esa actitud idealista que ha perdido la fe, corre el peligro de moverse muy cerca del cinismo.
¿Cómo algo que solo quiere ser bello y esperanzador puede estar tan cerca del frío y la contradicción? Quizá esa historia que quieres contar ya solo conserva su luz de esperanza para otras personas. Para el creador solo resta el oficio, la dignidad de contar la historia lo mejor posible; luchando por mantener a raya el monstruo que dice “¡Es solo una pose! ¡No quiero imaginar más, no quiero luchar con lo que mis ojos ven!”
Pero hay algo que parece salvarse en todo este entramado desesperanzador. Se trata del acto. El acto puro, aislado del contexto. El acto por sí mismo está liberado de moralidad, de pose autoral, y de inercia. En nuestro caso, no hablo del acto de contar una historia. Si no de la historia en sí, del relato como hecho liberado. Listo para ser juzgado solo por lo que es, a los ojos particulares de cada persona genuina.
Pero esta libertad del acto es posible que solo devenga realmente libre en los relatos de ficción. Donde el autor, por mucho que quiera, no domina la historia. Esta es un ente propio. En cambio, en el ensayo, la opinión, la documentación... el sesgo y la voz del autor serán en muchos casos demasiado dominantes.
Y en este momento uno siente las garras de la contradicción y del pensamiento vulgar e inocente. Uno desarmándose a sí mismo. Parece que el deseo de control oprime la propia voz del relato. ¿Hay forma como autor de mantenerte unido al relato? ¿O siempre se liberará como verdad independiente? Demasiado pensamiento. En un último atisbo de lucidez, solo parece quedar el acto aislado como forma de esperanza verdadera.
Natural de Sant Fruitós de Bages (BCN, 1991), trabajo bajo el pseudónimo de Alex Duck. Formado en guion y dirección cinematográfica, compagino mi pasión y trabajo en el cine con el estudio y la escritura de ensayos teóricos enfocados, sobre todo, en la imagen y el tiempo.
En estos momentos, mientras preparo y busco apoyo para mi segundo largometraje, empieza la distribución de mi primera película, "El río que somos".
En cuanto a la razón por la que hago cine, seguramente responda a dos cosas básicas: intentar expresarme, e intentar ser querido. Y junto a ello, el decubrimiento de autores que me han emocionado, inspirado y guiado en el camino incierto. Sin orden de importancia: Directores como Fellini, Bergman, Ceylan, Sorrentino, Kiarostami y Tarkovsky; Fuera del ámbito cinematográfico, también quiero nombrar a dos autores a los que me siento ligado: Camus y Deleuze.
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